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El RETAbet si quiere, puede

El RETAbet si quiere, puede
JORDI ALEMANY

Pasa de jugar a trompicones y sin dureza a dominar el partido ante el Lleida con un estelar sprint de Lammers

José Manuel Cortizas
JOSÉ MANUEL CORTIZAS

Dando rodeos, pero llegando al destino deseado. El RETAbet respira un poco más tranquilo porque se ha percatado de que si quiere, puede. Son varios ya los partidos que le han puesto en una encrucijada que posiblemente no exista. Es más su déficit de atención y dureza el causante de sus sinsabores, de jornadas en las que de repente deja de aparecer en el radar y se le da por desaparecido. Sufre más de lo que debe. Pero le bastan impulsos, espasmos, momentos en los que recupera la cordura y orden defensivos para percatarse de que todo lo tiene en su mano para ganar. El Força Lleida da fe de ello tras no poder dar continuidad a sus primeros y buenos veinte minutos de partido, un tramo que rescató episodios de la imagen más vulnerable de los hombres de negro.

A estas alturas de la función, aunque jugar bien sea identificado como el recurso más probable camino de la victoria, ganar es el fin esencial. Ni que decir tiene que potencialmente crece en importancia cuando vienes de que te hayan dado tres toñejas seguidas, inesperadas, en una LEB Oro con más movimiento que una carrera de relevos. Recuperar a Iván Cruz era una buena noticia para comenzar una matinal con un gran ambiente en Miribilla. Se merece un monumento la marea negra por el simple hecho ya de acercarse al pabellón con la que estaba cayendo. Había ganas, en el parqué y las gradas, por silenciar los silbidos que se escaparon en la última derrota contra el Oviedo.

Parecía que la puesta en marcha era la apetecida. Espejismo. Desde el 6-2, el RETAbet cayó en la trampa que él mismo se prepara. Si no es duro atrás le entra una flojera y unas dudas que hasta un rival con cataratas percibe a simple vista. Eso de comenzar pegando, marcando el territorio, dejando claro quién es el anfitrión, el favorito y dónde se juega, sigue sin ir con este equipo. Atasco en la creación, líneas de pase cortadas y fallos inesperados cuando se trataba de rentabilizar el juego en el poste bajo. Y sin discutirle al oponente hasta el último milímetro para recibir, combinar y articular el brazo. La incomodidad propia es la mejor adaptación posible al medio que puede experimentar el visitante en Miribilla.

El arbitraje siempre va a tener en esta categoría algún apunte, pero su incidencia tiene más que ver con la incomprensión en los criterios que con uno u otro equipo se vea favorecido. Huérfanos de línea exterior tras el 17-22 del primer cuarto, la combustión llegó desde la línea mágica. Llevaba cinco roscos la estadística cuando Salgado enchufó el primer triple y Huertas le siguió la cuerda. La celebración, pura rabia liberada, del cordobés tras el acierto da una idea de la necesidad que tienen los hombres de negro de sentirse fuertes, poderosos, ganadores. Por el camino. Matulionis mostraba el alcance de la intensidad atrás –solidario hasta para comerse marrones de compañeros en forma de personales– y Brown se mostraba más incisivo, activo, acreedor de un rol estelar.

Atisbos de fortuna

Mientras a Stutz no se le fue la cabeza, la desventaja sólo se focalizaba en la pintura. Larsen sigue en horas bajas y Demetrio andaba con el percutor averiado y llegando una décima tarde a muchos balones sin dueño que suele coleccionar. Había atisbos de fortuna, como un triple sobre la bocina de Brown que colocaba entonces la máxima renta en 41-34 antes del descanso, cerrada definitivamente en 45-39 con un par de buenas maniobras de Mumbrú para garantizar al menos ese margen, jugando con cuatro pequeños (Salgado, Schreiner, Rigo, Brown) las dos últimas posesiones.

Cosas a mejorar en el descanso. Había una buena lista. Sobre todo rebajar la proyección a 80 puntos encajados que llevaba el encuentro. También optimizar los momentos en los que la defensa cundía. Con esas dos patas el banco recuperaría definitivamente la estabilidad. Y arrancaron veinte buenos minutos, con un equipo con lagunas pero muy mejorado en idea y ejecución. Triples de Matulionis y Brown a tabla, otro rectificado estiloso del escolta de Indiana y una buena cobertura obraron el despegue en el luminoso. Se robaban balones, no se corría, cierto es, pero la bola solía acabar en buenas manos aunque había jugadores aún gafados, como Schreiner cerca del aro y con todo a favor.

Y quedaba lo mejor. Había asomado a cuentagotas la recuperación de la cobertura que Salgado le brinda a Lammers. Pero quedaba por restablecer el control del texano en labores defensivas. Y 'Lamminator' entró en escena. Jugó la totalidad del último cuarto, puso cuatro tapones, cogió otros tantos rebotes, desvió tiros con sus punteos e intimidación, eliminó a Stutz y proclamó a los cuatro vientos el famoso «no en mi casa». Con el partido ya resuelto, mucho en parte gracias a su sprint y a cómo contagió a los suyos, puso la guinda con una de las acciones más bellas y contundentes vistas este curso en Miribilla. Era el quinto o sexto alley-oop que Salgado le proponía. Los anteriores los facturó, cuando pudo, con bandejas. Este no. Cogió la bola en pleno vuelo y machacó el aro de espalda. Que conste en acta. Y en el Bilbao Arena se recuperó la sonrisa y el deseo de ganar. Porque los hombres de negro lo tuvieron. Y trabajaron para ello. Porque saben cómo hacerlo. Desde la defensa.

 

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