Los mitos también lloran

Javi Salgado, muy emocionado, en la rueda de prensa de su despedida. /Efe
Javi Salgado, muy emocionado, en la rueda de prensa de su despedida. / Efe

Javi Salgado ofrece la comparecencia más difícil de su vida al decir adiós a más de dos décadas de baloncesto, y al Bilbao Basket, que no se entiende sin el 'crack' de Santutxu

Robert Basic
ROBERT BASICBilbao

Javi Salgado hablaba por los ojos. Las palabras se diluían en las lágrimas que salaban sus mejillas, mojadas por la emoción de un hombre que ha hecho historia en el Bilbao Basket. Lo intentaba, trataba de verbalizar su adiós, pero no podía. Los recuerdos le quebraban la voz y le impedían completar el discurso que traía hecho de casa, desarrollado y masticado, roto a primeras de cambio por los sentimientos de un jugador que no volverá a cambiarse en un vestuario de baloncesto. El 'crack' de Santutxu cuelga las zapatillas y las cambia por los zapatos, la camiseta por el traje, que se va a poner ahora para integrarse en el cuerpo técnico de su hasta ahora entrenador y siempre amigo Álex Mumbrú. El base perdía por llorar, incapaz de controlar lo que le quemaba por dentro, y como respuesta llegaban los aplausos. Él clavaba su mirada al suelo, se cubría el rostro con las manos, consciente de lo irreversible de su decisión. La tristeza le dominaba, a un tipo al que no podían sujetar auténticos perros de presa en las canchas.

Salgado había llegado con tiempo a Miribilla. Entró en el pabellón y se sentó en uno de los sofás. Solo con sus pensamientos. Ni siquiera se le acercaba su familia, que acudió en bloque para arroparle en la comparecencia más difícil de su vida. En la primera fila se sentaron los padres, los suegros, la mujer, el representante, su hermano, el hombre que le hizo jugar al baloncesto. «Gracias», le dijo sin atreverse a mirarle. Ellos también lloraban. Lágrimas sinceras, de las que unen y se comparten. Han llorado juntos más de una vez, en los buenos y los malos momentos, y hoy lo han hecho por el peso de los recuerdos y porque ya nada volverá a ser igual. Podría ser incluso mejor, quién sabe, pero no igual. «Perdón», repetía el bilbaíno cuando las emociones le estrangulaban la voz y le impedían avanzar en su discurso. Las palabras se ahogaban en un pozo de sentimientos que no podía y tampoco quería esconder. Era él en estado puro, con el corazón en la mano, que mandaba sobre la cabeza.

El ya exhombre de negro intentaba hablar flanqueado por Álex Mumbrú y Rafa Pueyo, entrenador y director deportivo que no han querido dejarle solo en un día que no olvidará jamás. También acudieron miembros del consejo y empleados del club, entregados al hombre sin en el que sería imposible entender el Bilbao Basket. Salgado ha defendido el escudo del equipo de su vida durante 12 temporadas y 457 partidos, repartidos entre la LEB Plata, LEB Oro, ACB y Eurocup. Y encima acaba de decir adiós después de conseguir otro ascenso con los hombres de negro, «un broche de oro a mi carrera», ha atinado a decir antes de romperse. Y lo ha hecho cuando ha llegado al apartado de agradecimientos. Era empezar a nombrar a entrenadores y compañeros y venirse abajo. Lloraba en silencio en una sala muda, que veía a un mito superado por las lágrimas.

Cartel de una leyenda

El club se había preocupado de acondicionar el escenario de la despedida. Un gran cartel con dos fotos de Salgado custodiaban la espalda del gran capitán. Una de ellas le retrataba con la camiseta del Lagun Aro en el año del primer ascenso a la élite, en 2004, y la otra con la del último, consumado hace pocas semanas en el infierno de Miribilla frente al Iberojet. El mural hablaba de la historia que ha hecho un hombre fundamental en la trayectoria del Bilbao Basket, que llora su despedida y celebra su aterrizaje en los banquillos. Allí, junto a Mumbrú, tratará de ayudar al equipo en su retorno a la Liga Endesa. Sin balón y con pizarra, en la que imaginará jugadas que hasta hace nada dibujaba en las pistas de las decenas de pistas en las que había batallado como un hombre de negro.

El base acabó su comparecencia como pudo y respondió a las preguntas todavía gobernado por la emoción. Las miradas de las primeras filas hablaban en clave de ternura, las demás transmitían respeto. Se lo ha ganado un hombre íntegro y fiel que, pese a no apellidarse Salgadovic, tal y como lo denunció hace muchos años para reclamar un poco más de consideración hacia su baloncesto, ha hecho una fina transición de jugador a leyenda sin apenas hacer ruido.