El gran acierto de Mumbrú de erradicar jerarquías

Lammers machaca el aro rival ante la mirada de Hermanson. /
Lammers machaca el aro rival ante la mirada de Hermanson.

José Manuel Cortizas
JOSÉ MANUEL CORTIZAS

Igual en caliente Rafa Huertas podría ser una voz discordante a lo apuntado en el subtítulo. Sinceramente, quien suscribe no lo cree. Estará escocido por no haber jugado el escolta cordobés, pero es un eslabón robusto en la cadena que ha montado Álex Mumbrú. Curioso proceder del técnico en su bautismo como entrenador. Erradicar las jerarquías en las que participó como peso pesado durante toda su trayectoria como jugador. Ver los toros pisando el albero suministra más información que hacerlo desde la barrera, por muy cerca que se pueda estar del ruedo. El mérito, hacer que el Bilbao Basket carezca de vagones por clases. No hay jugadores de segunda y eso fortalece hasta límites insospechados los cimientos de esta construcción.

La temporada regular le obligó a tener manga ancha, mano izquierda, a no presionar y sí tender cuerdas para rescatar a los que se fueron quedando atrás. Edu Martínez fue el ejemplo más recurrente. Ahí le tienen ahora en plena madre del cordero. Con el acierto en trayecto de ida y vuelta, pero tan indispensable para el colectivo como el resto de las piezas del rompecabezas.

Lo bien repartido mejor sabe. Pero no es un mantra con el que Mumbrú fuera a morir. En cuanto ha llegado la hora de la verdad, los partidos sin retorno, tenía claro el técnico que tendría que tirar de los mejores en cada momento. Podían ser los más acertados, los más serenos, jugadores especialmente generosos o en estado de gracia. Cada posesión acaba siendo un mundo y hay que tener al equipo muy por la mano para verificar lo que le sucede, cómo se encuentra, si tiene posibilidad de colapso o soporta el oleaje sin daños estructurales.

Y no le ha hecho falta el cedazo, cribar, alterar roles. Sus jugadores, como hormigas obreras pese al tamaño que gastan, defienden ese 'Uno para todos' mosquetero como primer mandamiento y así el coach puede seguir reduciendo el desgaste, combatiendo el cansancio, buscando cosas, trampas, detalles puntuales. Si Rigo juega doce minutos no es por problemas de faltas de un compañero ni baja intensidad en su juego, es porque tiene definida una misión para él. Compartiendo tres pequeños (Schreiner, Salgado y Brown) en la que es sin duda le mejor batería de juego base de toda la Final Four, ayuda a que en las pilas de los treses siempre haya carga. Suelen volver a la pista al ser reclamados con un punto más de intensidad.

Entre los doce minutos de Rigo y los 25 de Brown se ubica todo el roster utilizado en un partido a vida o muerte, jugado a la piedra, lejos de las trincheras. Sin ciudadanos de segunda en esta bella ilusión, en busca del camino de regreso a la ACB.