El corazón del Bilbao Basket

El corazón del Bilbao Basket

Javi Salgado, algo más que un simple jugador del RETAbet, hace oficial su retirada y la afición se queda sin su referente, sin el único hombre de la casa

Juanma Mallo
JUANMA MALLO

Quedan 14 segundos para que se consume el regreso del RETAbet a la ACB, el soñado objetivo desde el descenso al infierno de la LEB Oro. Sin tiempo que perder, el Iberojet realiza una falta. Javier Salgado Martín (Bilbao, 6 de agosto de 1980) se dirige a la línea de tiros libres. «No sabía ni dónde estaba», confesó después. No era para menos. Esa meta por la que se había luchado durante toda la temporada, con momentos agónicos, se había conseguido. Entregada a la fiesta, la afición de Miribilla, no se detuvo en un detalle, o no quiso fijarse. Podía ser la última acción sobre el parqué de un icono, del único hombre de la casa. Semanas después, se ha confirmado. Fue la despedida en la cancha del mago de Santutxu, del deportista que ha sido mucho más que eso: ha sido el referente, la persona que ha guiado a una franquicia en ocasiones sin patrón, que ha cosido un nexo irrompible entre el equipo y la hinchada. Apunto de cumplir los 39 años, Salgado se va, con esa imagen levantando el título de la LEB Oro como testamento deportivo. Se aleja de los focos. Aunque seguirá ligado a la formación que lleva tatuada en su pecho, la afición de negro no volverá a disfrutar de sus lecciones con el balón.

Al vizcaíno siempre le ha gustado decir que por encima de los nombres está el bloque, el grupo. «No buscamos héroes, somos un equipo», proclamó antes de esa maravillosa Final Four, su último servicio. Sin embargo nadie puede dudar de que Javi es mucho más que eso; es una pieza sin la que el RETAbet no se entendería. Y eso que se marchó a León, ya que no había un futuro en Bilbao. Era poco más que un adolescente, finales del siglo XX. Allí se forjó y se encontró con el frío. Sin embargo, Txus Vidorreta, que ya le modeló con 14 años, apostó por él, le convenció para que regresara a su ciudad, a edificar un proyecto que culminó con un ascenso, el primero, a la ACB. ¿Dónde? En León. En 2004, Bilbao volvía paladear el baloncesto de élite, y uno de los artífices de esa proeza era Salgado, un chaval criado en la calle Santo Rosario, a un paso del Karmelo de Santutxu, y a cuatro de Maristas, donde metió sus primeras canastas. Allí, desde los ocho años, soñaba.

Su crecimiento fue paralelo al del club. Javi era el Bilbao Basket, y el Bilbao Basket, con todas las denominaciones que ha tenido, era Salgado, un base inteligente que supo ganarse su lugar en un baloncesto en el que prima el músculo, aprovechó su destreza, y también su picaresca, para que su nombre empezara a sonar en la ACB. «El físico nunca ha sido mi principal virtud», comentaba resignado un tío normal, al que los años de deporte no le han cambiado. Es el mismo, ese joven al que te puedes encontrar a la salida del portal y dudarías de que fuera uno de los directores de juego con mayor recorrido en el baloncesto nacional, que estuvo cerca de integrar aquella generación de oro, la 'quinta de Gasol', que se llevó el oro en el Mundial contra Estados Unidos. En aquellas concentraciones era 'Bilbo'.

Y ahora era el cicerone, el hombre que hacía grupo, que construía vestuario. Llevaba a sus compañeros al Florida, al Miren Itziar... Sin embargo, hubo un tiempo en el que Salgado estuvo fuera. Lejos de su casa, de sus amigos, de Olaia, su chica de siempre –ahora también están sus hijos Nerea e Iker–, de sus padres, María Jesús y Manolo, que en la época leonesa devoraba kilómetros para estar con su hijo. En 2010, con un año de contrato en el bolsillo –el mejor de su vida–, Fotis Katsikaris le enseñó la puerta. Le comentó que sería el tercer base. No fue fácil digerir la noticia. Se planteó luchar, pero tiró la toalla. «Sabía que este momento podía pasar, es ley de vida. Pero no este verano. Todavía podía seguir siendo útil, como lo he sido siempre para este equipo, pero entiendo, que no comparto, que el entrenador quiera buscar otro perfil de jugador diferente al mío», comentó en su despedida, con los ojos vidriosos, en aquella Casilla que tantas veces se levantó con sus 'bombitas', con sus triples desde el medio campo e incluso más allá.

Se iba un jugador que había encarrilado siete temporadas sin perderse ningún partido. Hasta que una apendicitis, en la Navidad de 2006, le obligó a pasar por el quirófano. Siguió, más bien sufrió, dos encuentros por la televisión, y al tercero, en contra de la opinión médica, cogió la varita y saltó a la cancha. «Desde el sofá te das cuenta de más cosas», confesó un Salgado propietario de una visión panorámica y la capacidad de encontrar siempre al mejor compañero para darle el pase propicio; pregunténselo a Lammers, por ejemplo. Es el décimo de la lista histórica de asistencias en la ACB, a dos de Oliver. Sin embargo, no le cogerá. Lo deja.

Después de una emocionante despedida en el Bilbao Arena, en la inauguración del recinto vizcaíno a finales de septiembre de 2010, de la retirada de su dorsal '14', ofreció lecciones en el Gipuzkoa Basket y se unió a su padre deportivo, Vidorreta, en el Estudiantes. Vivir lejos de los suyos resultó una nutritiva experiencia. «He aprendido a buscarme la vida solo, a tener que empezar de cero... A ganarme el respeto». Como lo hizo, igual que una hormiguita, con tesón y trabajo, con la afición del Bilbao Basket. «Si me apellidara Salgadovic se me apreciaría más», llegó a decir. La lupa, casi siempre, resulta más severa para los de casa, para  los que más sienten los colores. No obstante, su rendimiento, su entrega, le han convertido en ese jugador que la mayoría quiere. «¡Javi, quédate, Javi, quédate!», fue el grito de guerra de la afición que celebró con los hombres de negro el salto de categoría en el balcón del Ayuntamiento.

La misma gente que, en aquel horrible mayo de 2018, había llorado de manera amarga por el descenso. Salgado fue uno de los que no pudo contener las lágrimas. Dos años después de su vuelta, el proyecto edificado caía al precipicio. Él nunca se imaginó pisar de nuevo Miribilla como local. «Pensaba que mi regreso era imposible», confesó. Se equivocó. Las luces de Miribilla le volvieron a apuntar, sus hijos, por fin, le iban a ver con la camiseta negra y se convirtió en el líder espiritual del vestuario, aunque eso no va con su carácter, más bien tímido.

El verano pasado fue duro, por la incertidumbre acerca del futuro del equipo. También porque estuvo bastante tiempo alejado de su familia, entre los partidos de la selección de Euskadi y el curso de entrenador, que concluyó con éxito. Pasó menos tiempo del deseado en Bakio, su lugar de veraneo, donde iba a reflexionar en aquella época que se encontró con que su nombre no volvería a aparecer en la plantilla del Bilbao Basket. Y ahora no se encontrará su '14', que se reactivó a pesar de su retirada, en la lista de cada partido. Pero lo hace con el magnífico sabor de devolver a su equipo a la élite. «Sería muy bonito volver a ascender otra vez». Era su deseo antes incluso de arrancar la última pretemporada. Sentado a una mesa de madera en el municipio vizcaíno que le sirve de refugio, lanzó esta sentencia. Y lo ha hecho. Pero ahora se va, no muy lejos, seguirá ahí, pero no en el parqué. Los hombres de negro se quedan sin su corazón.