En manos de los santos de lo imposible

Unicaja y RETAbet Bilbao Basket, durante el partido./EFE
Unicaja y RETAbet Bilbao Basket, durante el partido. / EFE

La cantada derrota en Málaga y el triunfo del Zaragoza ante el Betis llevan al Bilbao Basket a una candidatura al descenso irrefrenable

J. M. CORTIZAS

Quedarse con estos partidos es anecdótico, aunque perfilan de qué pasta está hecho cada jugador. El mal ha ido acumulándose durante la temporada en un grupo desequilibrado que ha convertido sus vicios en el juego en su línea argumental. El fracaso, en esos casos, siempre espera a la vuelta de la esquina. Derrota en Málaga grapada al triunfo del Zaragoza frente a un Betis que ya ha recibido la extremaunción. La frente de los hombres de negro está lista para ser los siguientes. Esto se acaba, por mucho que nos empeñemos en suplicar a Judas Tadeo que nos eche un capote por aquello de que su especialidad es lo imposible. Estamos en manos de un santo que lo ve tan fuera de su rango que convocará a no tardar a las otras tres santidades (Rita de Casia, Filomena y Gregorio de Neocesarea) a las que se suponen poderes para cambiar de signo las causas perdidas. Si este cuarteto ya no altera el futuro inminente del Bilbao Basket es que sus siguientes envíos habrá que dirigirlos a la ventanilla de la LEB. O quien sabe si serán devueltos por 'destinatario desconocido'. Pavor.

93 Unicaja

Díaz (7), Salin (9), Díez (10) Suárez (8), Augustine (8) -cinco inicial-, McCallum (7), Nedovic (16), Milosavljevic (8), Okouo (2), Waczynski (11), Brooks (4) y Jean-Charles (3).

78 RETAbet

Tabu (2), Todorovic (-), Pere Tomás (13), Hervelle (3), Gladness (4) -cinco inicial-, Thomas (12), Hammink (4), Redivo (14), Mumbrú (16), Bentil (4) y Salgado (6).

Árbitros
Hierrezuelo, Perea y Sacristán.
Incidencias
Partido correspondiente a la trigésima jornada de la Liga Endesa disputado en el Palacio de los Deportes José María Martín Carpena de Málaga ante unos 7.300 espectadores.

El equipo se ha metido solito en lo que nació como embrollo y va a acabar en tragedia. Incapaz de asirse a las numerosas manos tendidas, su vulnerabilidad le lleva por el centro de la corriente cuando ya se divisa el spray y el ruido de la catarata por la que se puede precipitar. Los aficionados tejen una liana que vaya de orilla a orilla para intentar pescarle al paso, pero con la breada que lleva y sin capacidad de maniobrar, la suerte, la peor, parece echada. Porque a cuatro jornadas para el final de una Liga Endesa de pesadilla, el RETAbet necesita ganar dos partidos más que el Zaragoza. El último comodín que podía quedarle se esfumó con la derrota bética en la cancha aragonesa. Solo encajar a los sevillanos en un empate múltiple podía librar de la quema a un conjunto que no hace pie y comienza a sentir la hipotermia.

Era una quimera pensar que en Málaga podía esconderse alguna llave, una pista, una herramienta con la que abrir nuevas puertas para salir del laberinto. Tal como están los hombres de negro, solo hay media docena de jugadores con los que se pueden contar, la mitad de una plantilla que al menos lo intenta, que persigue el farol del guía que se va apagando. Los números son tan hiperrealistas como las sensaciones que transmiten o la imagen que perdura tras su paso. por el motivo que sea, Tabu parece irrecuperable y Todorovic se deja atrapar por su convulsión interna, por esa bipolaridad que le impedirá ser un jugador importante algún día. Ojalá no sea así y el serbio encuentre algún lugar, con entrenador y compañeros en los que depositar su confianza.

Ambos en el quinteto inicial que no tardó en hacer agua. Diez abajo en tres minutos y medio. Los aficionados, presumiblemente, con las manos tapando sus caras de desolación. Cero en defensa ante un Unicaja enchufado, pletórico, en racha, que ya había acercado a su cinco titular a la ventanilla del canje de puntos antes de llegar al ecuador del primer acto. Las facilidades recibidas más su estado de gracia daban como resultado un placentero despertar para los de Los Guindos. El Carpena asistía a un monólogo andaluz hasta que llegaron las rotaciones y Redivo pidió compartir el micrófono. Para entonces, Alberto Díaz y Salin ya se habían puesto chatos, lo mismo que un Dani Díez especializado en echar sal en las heridas bilbaínas.

Ni tan mal que recibiendo 30 puntos en el primer cuarto y estando como está la tropa, el margen solo incluyera siete peldaños que remontar. Y lo hicieron los de Mrsic. Recuperaron ese diferido con gente en pista que intenta dar algo más que lo que restan sus limitaciones. Antes tuvo que corregir el técnico otro roto interior con Thomas pecando en la ventanilla de siempre, la obcecación por jugar en el poste bajo, donde es débil salvo que llegue de rebotear, para perder balones que acaban en transiciones de manual. Una tacada promocional: bloqueado pierde la bola, el Unicaja anota a la contra un triple de Nedovic y en la siguiente posesión, como sigue más picado que una mona, o sea descentrado, comete falta en ataque.

Esas veleidades para un grupo que ya no tiene centímetros de piel sin callos en las manos maldita la gracia que hacen. Son apuntes, porque es cierto que el norteamericano de tonto no tiene un pelo y cuando acepta su rol –que suele ser cuando ya poco hay que hacer– convierte sus números en deslumbrantes razones que animan a destacarle. Pena del ancla que arrastra y va dejando marca.

Fueron los para muchos menos excitantes jugadores los que arroparon a Mumbrú y trabajaron a destajo con él. Salgado, Hammink, Pere Tomàs... la lista no queda muy lucida, pero al menos tiene marchamo de autenticidad. Entre que el Unicaja se pudo relajar y que los hombres de negro reptaban tras la maleza, las fuerzas se igualaron al punto de llegarse a un empate a 38, que no continuó hasta el descanso porque de nuevo afloraron esos tics de desidia, como la no defensa de Todorovic sobre Milosavljevic en la última posesión cajista.

Pero como todo en este grupo es cíclico, en la reanudación regresó el equipo inicial y con él el tobogán quedó encerado. Sin paños calientes, el coladero abierto otra vez de par en par. Por la borda la remontada, los brazos partidos de los compañeros. Porque se puede no poder, faltaría más. Pero se nota a quién le duele de verdad lo que está pasando. Y ese escozor, esas entrañas desgarradas no supuran igual en todos los cuerpos. Clavar la mirada en el suelo no basta. Al contrario. Los que se han vaciado siguiendo la pauta marcada elevan el mentón para que se vea que están rotos y son honestos. A otros, posiblemente sintiéndolo igual, no les sale. Mientras, el barco se va a pique y hay menos botes salvavidas que en el Titanic.

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