Si a uno le preguntan lo que sucedió en el partido de ayer en el Martín Carpena suspendería si las cuestiones son directas. Costaba trabajo centrarse en un rectángulo de juego que sólo ofrecía imprecisiones y toneladas de nervios mientras a casi dos mil kilómetros pintaban bastos por momentos, con un Real Madrid decidido lógicamente a dejarse la poca vida continental que le quedaba en el Palaestra. Dónde si no iba a darse un problema con el marcador que posibilitara que los presentes en la cancha toscana contaran con un cuarto de ventaja en el tiempo, información pata negra dadas las circunstancias. Fue una noche de torbellinos emocionales, de cambios constantes, de indecisiones y dudas, de malas elecciones y asilados plenos. Era lo de menos la forma de llegar. Con o sin oxígeno, al límite de la congelación o frescos como rosas. Se trataba de coronar el Top-16 y los hombres de negro, tras cuarenta minutos infartantes, pudieron corear que están en la cima del mundo.
Una proeza sin precedentes. El padre del 'efecto Miribilla', un Paco Vázquez que se irá a la tumba con parte de su corazón ennegrecido por su implicación en este proyecto, era de los primeros en aparecer, como siempre, en las redes sociales para hacer una declaración de principios desde su actual base de operaciones en Lleida. Filtrada su emoción queda la esencia. «La historia está para cambiarla». En eso se ha esmerado el Gescrap desde que inició su andadura por la megacompetición continental. ¡Cómo no se le van a disculpar los nervios que le atenazaron ayer en la madre de todos los partidos! Si los que formábamos parte del atrezzo estábamos como flanes por la cercanía de una gesta, los jugadores no podían controlarse por más que lo intentaban.
Atenazados
Menos que nunca hay que juzgar el modelo de juego, lo que dio de sí un equipo atenazado. Porque lo tenía todo tan de cara que se asustó, que comenzó a pensar en que no podía ser cierto cuanto le estaba sucediendo. El Unicaja sin nada que hacer, con Garbajosa lesionado, Freeland y Sinanovic tocados y descartado Fitcho porque cambiará de aires, más Darden con un dedo roto y Valters encamado con fiebre, parecía poco menos que una perita en dulce que poco le iba a durar en el plato a los de Katsikaris. Eso les confundió. Más si cabe al comenzar dominando el partido y ser notablemente superiores a un rival al que ya se percibía anémico desde el salto inicial.
Fijada la mente ya en Siena, aunque los jugadores no recibieron información directa de lo que ocurría, sí el cuerpo técnico, la nave zozobró. Porcentajes inverosímiles, que si los depositas ante notario no los firmaría de entrada al costarle dar fe de tan poca puntería. Líneas de pase contaminadas, como entradas a canasta, por falta de llámesele decisión, contundencia, o incluso por exceso de ambas. Complicado de entender lo que ocurría. Marcadores ínfimos y no precisamente provocados por la tiranía de las defensas. Pero el Bizkaia triple aquí triple allí iba asomando la cabeza y se mantenía dominando el luminoso aunque con rentas meramente testimoniales.
Nadar y guardar la ropa
Tras el descanso parecieron salir más vivos los hombres de negro y flirtearon con la decena de margen. Se trataba de nadar y guardar la ropa, de no dejar de mirar por el retrovisor y abrir gas cada vez que apareciera la estela del perseguidor. Pero estaba claro que tocaría sufrir hasta el final, que estar entre los ocho mejores equipos de Europa no es un maná que cae del cielo y sólo se logra por pedigrí o por picar piedra como los condenados a trabajos forzados de las películas. Un triple de Peric y dos contras cerradas con mates excitaron a los cuatro mil espectadores que confirieron al duelo un récord nocivo: la peor entrada de la historia del Unicaja en el Carpena en un partido oficial.
Los malagueños se crecieron al tiempo que los vizcaínos se arrugaban. Seguía cerrándose el aro a su paso hasta un diámetro impenetrable y a dos minutos del final, mientras el Madrid parecía lanzado en pos de la victoria en Siena, se hizo de noche. Situación crítica. 51-50 en el luminoso. Pero surgió del banquillo el mejor manejador de la ganzúa, que además tiene el temple y el pulso en su mejor estado. Raúl acabó por ser el responsable de su vuelta a Moscú, en esta ocasión acompañado de su séquito de Miribilla. Un triple de hombre sin sangre, más una asistencia a Banic y cuatro tiros libres en menos de 120 segundos cerraron el capítulo europeo.
No será el último. Habrá más y con acento ruso. Veremos como deseábamos a Andrei Kirilenko en el Bilbao Arena y al resto de estrellas que inundan el cielo moscovita del CSKA. Pero en ese universo comienzan también a tintinear nuevos astros recién nacidos de un bing bang con el epicentro en un volcán llamado Miribilla. «Sí, nos vamos a Moscú», se escuchó en el vestuario de los hombres de negro. Lo merecen los guerreros.
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