
Técnicamente perfecto. Un primer cuarto convertido en rampa de lanzamiento hacia el cielo. ¿Dónde está el límite? El Bizkaia se encarga de reescribir la respuesta según sus gestas se convierten en racha. Lo de ayer en el Bilbao Arena fue de otra galaxia, un encuentro en otra dimensión, de marcianos de la canasta. Y todo, en muy buena medida, por mor de un arranque inverosímil por eficacia, contundencia y plasticidad. La primera tacada, 10-0. Cuando Vasileiadis ve aro en la primera ocasión mal haría el rival de turno en no ponerse a temblar. Si hace lo propio Álex Mumbrú y Jackson atina con las dioptrías para leer el partido con nitidez, el taco está armado.
34 puntos como otros tantos soles metió en el cofre blanco el Bilbao Basket en diez minutos que cuelgan ya, convenientemente enmarcados, en su palmarés continental. Quince de ellos al unísono apilados por esa pareja antes citada que tiene más veneno que un vivero de mambas. Negras, claro. Ocho sin fallo del griego. Siete, igualmente sin mácula, del barcelonés campeón del mundo. Claro que lo de la eficacia no fue un coto exclusivo. Al contrario. Sólo un ganchito de Marko Banic no acabó contabulizado en ese acto sacramental que rompió el partido desde su mismo nacimiento.
Los números asustaban a los blancos, temerosos de que el acierto se prolongara. Eso era imposible. La locura se traducía en 9 canastas de 10 en tiros de dos, 4 de 4 en triples y también en tiros libres. En el capítulo de los especialistas, Jackson sumaba cuatro asistencias y D'Or Fischer idéntica cantidad de rebotes. Una hemorragia de placer con un caudal que provocaba que el Madrid se desangrara. No era una herida aislada. Su esqueleto había sido objeto de una ráfaga mortal.
Golpe estadístico
47-5 en el cómputo de la valoración. Da una idea la diferencia del apalizamiento recibido por el Real Madrid en el primer cuarto en el que sus pies resbalaron una y otra vez en el hielo negro de Miribilla. En su bando, Mirotic y Begic sumaban lo que estadísticamente dilapidó el resto del conjunto de Pablo Laso. Si sobresaliente fue la primera vuelta, notable fue la segunda. 52 puntos encajados por un grande al que le gustan los marcadores altos. Su producción, sin embargo, se quedó en la mitad. 52-26 al descanso es un castigo que pocas veces habrá contabilizado el equipo más laureado de Europa, un continente que no se le queda pequeño a los hombres de negro.
Con el axioma de 'Jackson rules' (las reglas de Jackson), el partido concluyó como se había desarrollado. Sobró la bronca final, pero quién le puede exigir a una locomotora que frene en seco cuando avanza a máxima potencia. Podía haberse quedado Jackson con la bola en la mano en vez de hacer caso a sus compañeros, que le reclamaban la guinda en el fin de fiesta. Es lícito que buscara la ovación final. Lo había hecho Sergio Rodríguez en el triple sobre la bocina del domingo. Aquel no servía para nada y la canasta buscada por el de Hartford tampoco. Llull se reviró y Singler pagó la temperatura de su joven y aún no atemperada sangre. Un lunar. Sin más.
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