
Lo decía 'el gran Wyoming' en uno de sus 'Intermedios' televisivos más recientes. El ingenioso showman se refería a la manía que le ha entrado al mundo mundial para fundirlo todo, para mezclar como si en ello radicara la fórmula del éxito. Decía que le aterra la palabra fusión cuando va unida a lo nuclear, la comida o el flamenquito. Razón no le falta. Ayer el Bizkaia incluyó otra acepción, otro nexo que no marida bien. La baloncestística. Perder la esencia le supone a un equipo navegar por mares desconocidos y cuando eso ocurre no se tarda demasiado en estar a merced de las circunstancias, de los elementos, de esas mareas que te sorprenden o esos peñascos que no figuran en carta alguna y te los comes sin rechistar. No fue el Bilbao Basket el que debió y el Madrid lo aprovechó. Salvo un lapso de apuro en el inicio del último cuarto, que hizo soñar a más de uno con lo que todo el partido pareció imposible, los de Laso se toparon con el rival más plácido, con la versión menos punitiva de los hombres de negro.
Había pistas, avisos, precedentes para conocer los límites de los blancos, dónde acusan sobremanera los golpes. Como casi todos, el hígado es el punto central de la diana, allá donde los púgiles proyectan su intención inmisericorde de dejar sin aire al enemigo. Traducido a lo que se necesitaba en el Palacio de la Comunidad, que los blancos no corrieran, que siempre se vieran frenados o estorbados por algún cepo, valla u obstáculo similar. Dio un clinic de tal modus operandi el Montepaschi una semana atrás en la cancha capitalina. Acoso y derribo, con toda la contundencia posible, de los dos Sergios, Rodríguez y Llull. Minimizar su conexión con el resto del quinteto en pista es fundamental para llevar a buen puerto cualquier batalla contra el representante español en la última Final Four del Sant Jordi. Todo menos fusionar estilos, texturas, ideas. Fue alarmantemente blando el Bizkaia desde el origen del duelo y así lo pagó.
Muy cómodo el Real Madrid hasta el descanso. Proyectó un atisbo de marcador centenario gracias a la comodidad con que se desenvolvió en el juego medio. Sin tensión en la marca, un perímetro de entre tres y cuatro metros supuso un territorio idóneo para la fecundación. Los hombres de negro parecían desdentados. No mordían y si no hay huellas, rastros, marcas de incisivos y caninos la presa ni se entera del acoso. Sólo Banic y Mumbrú se percataban de que había que pasar la bola por un aro metálico. Números prematuros de perdedora para la franquicia vizcaína, que permitía a los de Laso 7 de 11 en canastas de dos, tres triples sin fallo, 7 asistencias, superioridad en el rebote. Todo lo necesario para prever una cita a medida, carente de oposición.
Nada mejoró en el segundo cuarto con las rotaciones. Con Mumbrú entrando y saliendo de la pista y compaginando sus ausencias Grimau y Vasileiadis, quiso el Bizkaia atajar, dado que poco le salía de lo que intentaba. Para colmo de males, Carroll había entrado en juego enchufando un triple en el primer balón que acarició antes de remitirlo al buzón de enfrente. El Madrid se percató del agobio y cerró bien las líneas de pase. Fue sacando a los de Katsikaris hasta el refugio del triple, que acabó convertido en su perdición. En el otro sentido de la marcha, Begic irrumpía como un coloso. Sendos 'dos más uno' como larga cambiada a su primera tacada de minutos. Incontestable en la pintura, 12 puntos en un ejercicio supremo de placer. Así le dejaron jugar.
Amagos de revolución
Lo que se temía, sucedía. 40 puntos encajados en un cuarto de hora, en episodio y medio de los cuatro que componían la historia. El 48-30 marcó la mayor profundidad en la sima. Y el recurso del triple seguía siendo una quimera (0 de 8). El mal menor es que a poco que se serenaba, el Bilbao Basket encontraba eco a sus plegarias. Sin floripondios, con un atuendo a lo sumo aseado, pero lograba no soltar la cuerda y quedar a la deriva, a merced de la corriente. Se llevó al vestuario un buen repaso más fruto de su abstinencia en una jornada en la que lo que se le pedía era que repartiera dentelladas.
Volvió al escenario rompiendo el maleficio. La de 6'75 fue una línea por fin superada. Dos triples seguidos de Mumbrú, el rescatador. Ocho puntos seguidos con el sello del barcelonés y por primera vez desde el inicio de los tiempos los hombres de negro tenían en su ángulo de visión al Madrid. Espejismo, recorrido de ida y vuelta. Un esperanzador 2-10 engarzado a un demoledor 9-2 en un pis-pas. Para entonces la fortuna también hacía de las suyas. Quizá influyera un átomo más de energía que se quedó en el camino, pero tres robos que pudieron serlo, con la bola en las yemas de los dedos visitantes que acabaron traducidos en seis puntos para los locales. Unas por otras, cierto, porque ayer Mavroeidis pudo editar un vídeo con aciertos digamos que inesperados.
Había mejorado la defensa y se percibieron amagos de revolución. Pero los blancos ganaban con claridad la guerra de bases. Con Sergio Rodríguez en plan mandón y Llull aportando la velocidad puntial y sus triples de ballesta. Cuando se mantienen las diferencias pese a haber dado un paso adelante, malo. No lo fue la puesta en escena del acto final. 0-10, entraban los triples. El luminoso parecía haberse estropeado para los locales. 69-63 con siete minutos hasta la estación término. Parecía irreal. Momentos de nerviosismo madridista, pero más bien pocos. Los de Katsikaris tardaron un minuto más en entrar en bonus, sin que los anfitriones recibieran falta en contra alguna. Un puñado de segundos le bastaron a los blancos para refrendar su dominio y llevar el marcador final hasta donde posiblemente mereció, aunque sean duros de digerir los 16 puntos de diferencia. El 'efecto Miribilla' tiene una semana para entrar en calor.
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