
Se le veía tranquilo, sonriente y confiado durante el calentamiento. Tarareaba algunos de los temas que las 'cheerleaders' ensayaban en la pista mientras varios jugadores soltaban brazos en ambas canastas. Entre ellos 'the devil', imagen que surge de un reverso del rostro del jugador de Hartford en el vídeo que recuerda a los visitantes que acaban de personarse en el infierno. Cuando Aaron Jackson tiene la mirada encendida -lo que ocurre casi siempre- es que barrunta algo, que siente que sus constantes plegarias, que lanza tanto en la intimidad como a través de las redes sociales, han encontrado eco.
Ayer dio en la diana su interpretación del juego. En otras ocasiones la reiteración de rotaciones le frena, hace que pierda confianza, busca a veces el consuelo de la soledad en el último asiento del banquillo. Pero si tiene el santo de cara, si se siente fuerte y, lo que es más importante, logra divertirse y que el equipo corra a la velocidad que él impone tras el trabajo defensivo de sus compañeros, no pueden con él ni el reparto de minutos ni los afanes protagonistas y se volatiliza la sensación, no real, de sentirse incomprendido. Cuando las enchufa de colores a su mente no le da por hacer pucheritos.
Dejó Miribilla feliz, lleno, repartiendo besos, poses para fotografías con su gesto inequívoco del vínculo sanguíneo que une al grupo. Estaba encantado con su actuación aunque siempre pida más. Y con la del equipo. Anotó todo lo que certificó como envío urgente para la canasta rival. Seis de seis en canastas de dos puntos; un triple, el único que intentó; tres tiros remitidos desde la línea de castigo, también sin error alguno. 18 puntos, ejecución perfecta, en 22 minutos sobre el parqué. Una valoración ACB de 19. E integrante del cuarteto que mejor soportó al equipo, como recoge la nueva estadística individual relacionada con lo que logra el equipo con cada jugador en pista. Grimau fue el mejor elemento para el grupo, seguido del propio Jackson, Mumbrú y D'Or Fischer.
El Bizkaia volvió a defender, a dominar el rebote. Y eso tiene una lectura. Bella, animosa, contagiosa. Permite ver a Jackson en su plena magnitud, el malabarista al contragolpe, el jugador que esconde la bola del deseo ajeno, prestidigitador en ocasiones. Fue el MVP de los hombres de negro. Pero lo logró gracias a ellos, al resto. Parece una contradicción. Su éxito tiene mucho que ver con el trabajo colectivo. Es un reciclador defensivo. Convierte la destrucción en creación.
Día de bienvenidas
No fue el único que gozó de un día inspirado en la anotación. Hubo más hombres de negro que dejaron inmaculados sus estadillos. Axel Hervelle fue otro. El gladiador belga tarifó medio partido. Brillante en las virtudes que maneja. Nueve puntos entre canastas de dos y un triple. Y, lo fundamental. Su bienvenida es la de una pieza clave en el trabajo cerca de la pintura, allí donde se cocinan muchos puntos procedentes de la defensa. Raúl López se especializó en tiros libres. Seis de seis. Distancia que se le resistió a Mavroeidis, 6 de 10 al que añadió un 1 de 6 en tiros de dos. Sin embargo destacó como barrendero bajo los aros. Nueve rebotes, muchos de ellos al límite de la capacidad física, la que le falta por la inactividad. Pero es otro de los que muere matando si es necesario. Su paisano Vasileiadis tuvo esta vez el punto de mira ajustado cerca del aro (4 de 4), lo mismo que Banic, D'Or, Grimau o Blums. También los seis puntos de Mumbrú fueron decretados entre posteo y cortes.
No deja de ser un elemento gratificante que con 3 de 11 en triples se llegue a los 95 puntos. Eso sucede cuando hay trabajo, algo que no se le puede negar a un Bizkaia citado ahora con su primera victoria a domicilio.
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