
En Baviera también hace frío. Como en Treviso, San Petersburgo y Charleroi. Si a algo se ha acostumbrado el Bizkaia Bilbao Basket en esta Eurocup es a vivir a bajo cero lejos de casa y pegarse madrugones compartiendo legañas con las tripulaciones de Lufthansa. Pero bien recibido ha sido hasta ahora el sacrificio, dada su imbatibilidad en la competición internacional que ha puesto su recta de llegada en el Buesa Arena de Vitoria. El desplazamiento de ayer a Bamberg, un hermoso enclave que la Unesco ha protegido oficialmente, incluyó rostros más extrovertidos, pese a la llegada al aeropuerto de Loiu poco después de las seis de la mañana. Era la feliz resaca emocional del peso, de la enorme losa, que los hombres de negro se habían quitado de encima horas antes en el BEC.
Hasta a Katsikaris se le adivinaba menos introvertido, en pleno proceso de digestión de la información recabada sobre su rival alemán. Sabe y espera transmitirlo con claridad a sus hombres, aquello de que la gestión de las emociones es una máxima que perdurará mientras él ocupe el banquillo de la franquicia vizcaína. El alivio que incluyó entre sus efectos la victoria frente al Manresa ha despertado la ambición. Peligro. Bien entendida, es un componente fundamental para un equipo y cualquier deportista. Manoseada con desdén se disipa con más rápidez de la que llegó.
Es el Bizkaia, hasta el momento, un grupo ambicioso, en el buen sentido. Más que desaforar sus emociones, los jugadores calibran en sus charlas lo mucho que hay que ganar esta noche (20 horas, ETB1) en el Jako Arena de Bamberg. Más de medio pase a los cuartos de final estarían garantizados de proseguir el rosco en el casillero de derrotas de los hombres de negro, que han incluido en su convocatoria al joven Tomas Hampl. Volver a Bilbao con un 3-0 y los dos siguientes compromisos como local en el BEC (Brose y Benetton) establecería un puente hacia el paraíso.
Quizá el principal problema al que se enfrenta el conjunto vasco es el de los excesos. El de confianza sería el más molesto. Katsikaris no está por la labor de dar barra libre a sus jugadores y hasta mentalmente quiere colocarles límites. Primero, está cada vez más satisfecho de la germinación de la confianza, pese a que reclama a los suyos que se lo crean más, que sean conscientes de su verdadero potencial. Al tiempo, teme que la neblina de la recuperación les despiste. Si a ello se le añade su autoasumido corte balcánico, el resultado es evidente. Dureza, sí, pero relativa sobre todo al control. Es el peaje que ha impuesto para que las cosas se hagan a su manera. Y se le ilumina la mirada cuando vaticina que la medida dará sus frutos, que el mecanismo de la cuerda está intacto.
La confirmación de Vitoria como sede de la 'Final Four' excita. Al entorno del club y a los integrantes de su nómina. También lo hace la inminente Copa del Rey, que ha traspasado varios muros de contención y comienza a aparecer en el orden del día. Es irremediable. Sólo quedan nueve días, por mucho que antes haya partidos en este enclave bávaro y el domingo en Vistalegre. Es lo que tiene estar en tres frentes. La expedición sonríe y pide tiempo muerto. Paso a paso.
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