
¡Campeones! Ah, no, que era una final sin título. Bueno, mejor así. Ojalá fuera el de ayer el punto de partida hacia los ambiciosos objetivos marcados en verano que ahora han sonado casi a sacrilegio, en pos de otras finales esas de verdad, de las que otorgan un bonito trofeo al que las gana. El Bizkaia BB se despojó de la presión de manera tan ilógica como había sido su anterior serie de despegues abortados en la pista de rodaje de la ACB. Ante un rival que venía de darse un festín de más de cuarenta platos, sumó un triunfo vital por 22 puntos de renta, la sexta máxima diferencia alcanzada a su favor en la máxima categoría del basket nacional.
Y eso que los primeros metros del recorrido no estuvieron exentos de volantazos. Los nervios se percibían en gestos y movimientos atenazados. Dos pérdidas en los dos minutos iniciales; cuatro en el ecuador del cuarto. Pero el aspecto de la tarde era distinto al de otras funciones. Había, junto a los errores, intensidad. Bendita virtud que cuando aflora convierte a cualquier grupo en un arma de destrucción masiva y transforma a los jugadores en el terreno individual.
La primera mutación tuvo como conejillo de indias a Damir Markota. De capar su potencial atacante con un bote que sobra o una mano que se retrae inexplicablemente a desmelenarse y evidenciar por qué medio mundo baloncestístico se fijó en él desde su etapa adolescente. Doce puntos en nueve minutos. Tiró como nadie de la cuerda y contribuyó especialmente a pillar con el paso cambiado a los alicantinos, que acusaron la primera dentellada como si con la porción arrancada hubieran perdido parte del corazón.
Esa intensidad resultó, además, contagiosa. En el parqué y en el banco. Y en la grada, donde una vez más el público dictó una lección de generosidad. Aparcados, si los había, los prejuicios, hasta las voces tímidamente discordantes desembocaron en el silencio en fases del partido en las que la resolución de jugadas no animaba al optimismo. Una mera anécdota. El meollo se fraguó con decisión y confianza. Con ellas llegó, además, la creatividad. Cuando la mente está lo relajada que debe para no arriesgarse a un trombo, emerge la calidad. Y este grupo la tiene. Parcial de 12-2 en los dos minutos finales del primer cuarto, la rampa de lanzamiento para la segunda victoria del curso doméstico. Mates de Mumbrú y Markota en el 'pack'. Nunca están de más los efectos especiales.
Sin deserciones
De nuevo la intensidad formó parte del 'atrezzo' en la segunda secuencia de la historia. El rebote era una asignatura dura, pero llevadera. Y todos, sin excepción, seguían dándole a Txus Vidorreta motivos de que no hay deserciones. Asistencia de Conley para Mumbrú. Robo de Moiso y contra con mate de Conley. Incluso el recién llegado solicitaba paso para salir en la foto. El pívot francés, además, mostraba los argumentos que llevaron a su acertada contratación. Dos rebotes en ataque más una recuperación le reconciliaron definitivamente en el grupo de los elegidos.
Alcanzados los veinte puntos de ventaja, se trataba simplemente de no pifiarla, de evitar apreturas como la agobiante noche en la que el Donetsk hizo a la marea negra creer en brujas. Era una carrera de relevos. Cada pieza nueva que se incluía en el rompecabezas le daba sentido a la figura esperada. Banic, penalizado con dos tempranas faltas, desempolvó para la causa el 'pick and roll', asociándose para ello con un motivadísimo Seibutis. No había vuelta atrás si el Bizkaia no se alejaba en exceso del camino.
Tomó una bifurcación errónea tras el descanso. Bajó la intensidad y saltó la señal de peligro. 2-11 para el Meridiano sólo por el pundonor de algunos de sus hombres, sobre todo de un Austin capaz de volcar su exceso de peso en otro incremento proporcional de orgullo y amor propio. El ataque se diluyó. Muy estático. Tanto que en los diez minutos sólo dos hombres vieron aro: Banic con los citados diez puntos y Mumbrú con un triple dedicado al cielo. Pero los levantinos ya lo habían dado todo. Óscar Quintana se percató y acabó fulminado con dos técnicas, dejando a su equipo sin el vigía en la banda. De haberlo mantenido, nada habría variado.
Los gráficos del monitor recuperaron el movimiento. Se encendió una lucecita y acudieron de inmediato los cuidadores. El paciente comatoso abrió los ojos. Su primera sensación fue de hambre y tuvo carta blanca en la confección del menú. Quedó satisfecho. Que aproveche. Y que cunda.
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