
De decepcionante a preocupante. Los argumentos relativos a la fe van claudicando ante la realidad de los resultados. Puede que no sea la única válida, pero sí es la que marca el tempo de los acontecimientos. El Bizkaia Bilbao Basket acumuló ayer su quinta derrota consecutiva. Un traspié que no ha colmado vaso alguno, dado que la entidad del rival -el Real Madrid más solvente que se ha visto desde que es auditado por Ettore Messina- no hizo más que certificarse sobre el parqué. Perder ante la maquinaria blanca no sonroja. Haberlo podido hacer por más de treinta puntos, sí.
La guía de medios del club blanco recorre durante 167 páginas la vida, obra y milagros de su sección de baloncesto. Es un transatlántico muy complicado de abordar. Para hacerlo, es vital infraestructura, estrategia y decisión, tres materias que los hombres de negro suspendieron en el control de ayer. Y eso que daba la sensación de que los locales podían plantear batalla. Durante el primer cuarto fue la sensación reinante en un BEC en el que se respiraba un extraordinario ambiente. Funcionó la venta minorista de entradas y se llegó a los 10.000 asientos ocupados. Y el equipo respondía de entrada a la expectación.
Primera acción y Salgado, en su estreno como titular, asistía para Mumbrú. Segundo balón en ataque y Banic que iniciaba la redención de su pena afinando el tacto desde los cuatro metros. Poco después, rebote en ataque de Mumbrú, que rubricaba con un dos más uno. Cada paso dado era igualado de inmediato por el Real Madrid. Pero se percibían hechuras de ambición, valentía e ideas claras entre los de Vidorreta. Lo mismo que facilidad en ataque para los visitantes.
De la esperanza a la nada
Los de Messina canjeaban lo que sufrían -cuatro pérdidas en el cuarto- por la efectividad ante el aro rival. Anotaron sus primeros 16 puntos sin fallo alguno, con Bullock que comenzaba a hacer de las suyas en torno a la línea de tres y Garbajosa haciendo buena su elección como piedra filosofal del proyecto del laureado técnico italiano.
Por ponerle un pero a esos diez minutos de la esperanza destacó la limitación a menos de tres minutos de la presencia de Moiso en la pista. Que Javi Rodríguez no llegara a los 120 segundos no era noticiable, dado que las permutas con Salgado y Blums seguirán equilibrando sus minutos en la cancha. Tampoco encajaba el 0 de 3 en triples, dato que aún no era alarmante.
Y, de repente, todo cambió. Sin un motivo aparente. No hubo ninguna exquisitez táctica que conllevara el efecto trampa para los vizcaínos. Inexplicable. Que Bullock calibrara su muñeca (acabó con 21 puntos, sin fallar un solo lanzamiento) y que el colegiado Redondo sorteara la antideportiva del día, que recayó en Salgado, bastó para que el luto más riguroso invadiera el BEC. Fue como el hundimiento del Titanic, sólo que no había botes salvavidas para nadie. A lo sumo, en adelante, Warren, Seibutis, Banic y Guardia lograron asirse a algún resto flotante.
Las diferencias comenzaron a medirse en decenas. De lo anterior no queda rastro alguno. Para el descanso, el partido ya estaba despachado. Fue un cuarto terrorífico, en el que los de Txus Vidorreta se dolieron en exceso en cuanto sufrieron las primeras puyas. El Madrid lo vio claro y golpeó una y otra vez para dejar sin aire a su adversario. La defensa que preconiza Ettore Messina se dejó sentir sobre la madera del BEC y los enlutados locales sólo llevaban dos canastas de dos en ocho minutos, que acabó siendo sólo una más en todo el acto, llegando a los dos dígitos con tiros libres. El balance, desolador. 10-30 en una tacada que incluso apuntó el momento risible de la tarde, cuando Lavrinovic se benefició de una falta sobre Salgado no pitada para irse en solitario hacia el aro, regodearse con un mate de espalda... y fallarlo.
Pero era mucho el daño acumulado en la confianza de la plantilla bilbaína. Nueve pérdidas en ese lapso, continuidad en la falta de acierto exterior (0 de 6), ausencia de control de la situación, imagen de rendición. En diez minutos, los de casa hicieron una valoración de -1, mientras que los de fuera, jaleados por una veintena de seguidores, se iban a los 40 puntos ACB.
Lo demás sobró. Era tal la decepción que fueron muchos los aficionados que optaron por mantenerse en sus asientos para ver la actuación de un imitador de Michael Jackson en lugar de mojar el gaznate en el descanso. Quizá lo que no querían era toparse con la ambientación de Halloween. No estaba el horno para tumbas, momias y castillos del terror. Prefirieron rumiar su mal fario, imaginarse qué puede pasar con Moiso, desaparecido en combate; estrujarse las meninges para entender cómo se puede generar tan escaso juego con tres bases; o imaginarse un panorama más acogedor en la jornada europea del martes. Falta hará. Después, comprobaron que su equipo tiene arrestos y le vieron luchar contra molinos de viento. Mal consuelo.
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