Enseñar los colmillos y no morder

Enseñar los colmillos y no morder

El RETAbet acumula méritos para ganar en Las Palmas, pero se contagia en las fases de descontrol y acaba a merced del cara o cruz final

JOSÉ MANUEL CORTIZAS

A veces, los resultados no entienden de méritos. Limitan sus guarismos a un par de acciones puntuales que rompen una dinámica y dejan en agua de borrajas la concentración de trabajo, disciplina y ambición de un colectivo. Decir que el RETAbet claudicó en Las Palmas en tales condiciones no es alejarse demasiado de lo percibido. Más allá de las sensaciones, las evidencias demuestran que los hombres de negro dominaron durante más tiempo el marcador y esa tendencia sólo favoreció a los locales en el cuarto final. Y aún así no tuvieron el partido en su poder porque los de Miribilla fueron capaces de superar seis puntos des desventaja (72-66) para volver a tomar el mando (74-75) y empatar a 78 . Y fue entonces cuando dos brochazos destrozaron los trazos previos en el lienzo.

Es lo que tiene la picadura letal de ciertos jugadores. Como Eriksson. Había madurado su momento después de mostrar exclusivamente los colmillos en el lejano segundo cuarto y le llegó la oportunidad de alzarse héroe de la matinal. Redivo le había marcado la altura del listón con un triple lejano, complicado, bien defendido sobre la bocina y el sueco se afanó en mejorarlo. Descerrajó dos obuses desde los confines del sentido común. Ni mu cuando entran, ley tácita. Y vaya si le entraron. El Gran Canaria, casi sin saber cómo, había cantado bingo con otra media docena de ventaja a falta de dos minutos y medio ante la que los piolets y cuerdas de los vizcaínos ya no resultaron material eficaz quedándose clavados cuando veían la cima.

Todo ello con el envoltorio de un partido extraño, de contagio. Como el ‘culo veo, culo quiero’ que delata los caprichos de los niños, y otros que dejaron de serlo, ambos rivales mimetizaban su progresión. El primer acto resumió diez de los minutos más solventes de la franquicia bajo la dirección de Mrsic. El 16-24 con que concluyó sólo conoció ventajas visitantes y dos empates. Descarado porque leía bien el juego, el Bilbao Basket transitaba por una autovía de cuatro carriles, abiertos todos ellos hacia la canasta insular. Decididos, entregaban los pedidos en la mismísima cocina. Se dolió el Herbalife, con su defensa aún en fase de montaje. Respiraban aliviados los de Mrsic al entender que la tecla pulsada había provocado el tono adecuado.

Y hasta se sacaban lecturas positivas de las carencias. Por ejemplo, la importancia que tiene que cuando el anotador por excelencia del equipo, Álex Mumbrú, deba primero forjarse el espacio para maniobrar dadas sus marcas a la carta, sus compañeros den un paso al frente y vayan haciendo montón. También cabía en el pie de página el recuerdo a un Devin Thomas incalificable, pero solvente como el que más, brillante por momentos porque sin aspavientos ni troquelería fina se mete en el zurrón lo que busca. Puntos, rebotes, hasta recuperaciones como un balón con el que se hizo al boicotear la línea de pase en la bombilla de su canasta tras regresar de la otra en una transición sin perder de vista el balón. Además, el físico hacía de Hammink un estilete y con la primera rotación de Redivo el argentino frustró un conato de recuperación canaria cuando Luis Casimiro leyó la cartilla a los suyos en un tiempo muerto invitándoles a despertar y ponerse en marcha.

Aún no está ajustado el Bilbao Basket. Posiblemente no llegue a estarlo en lo que queda de año porque es una tarea que siempre deja insatisfechos a los entrenadores. Pero se le ve verde en fases de los partidos que tienen que ver con el descontrol. Ante esos vaivenes de desconcierto es fácil de ser arrastrado por la corriente. Se metió en lodazales sin necesitarlo y eso conduce a que la concentración se desnorte. Dos contras despreciadas en uno contra uno y otro dos contra uno de Redivo y Todorovic. Eran aún momentos en los que los de Miribilla parecían asentados en una ventaja en torno a los ocho puntos. De haber tenido instinto asesino quizá estaríamos ahora narrando el quiebro definitivo del partido a su favor.

Fin de la diversión

Pero, no. Negados en ataque, cómodos en el correcalles, y con Tabu en modo ‘stand by’, estando pero sin estar, descuidaron por primera vez la línea exterior y el ‘Granca’ se animó a sumar de tres en tres, gracias a aciertos por duplicado de Eriksson y Baez, inéditos hasta entonces. De un tope máximo de 22-31 la película cambió hasta un 38-33 que ya no parecía tan divertido. Desde el vestuario Mrsic logró reconectar a los suyos y con un parcial de 1-9 y el estreno anotador de Mumbrú con siete puntos casi seguidos, el pulso dejó de ir y venir, estabilizándose entre rentas máximas de tres puntos para los de casa y cuatro en favor de los vizcaínos.

Iba la cosa para quedar saldada con un cara o cruz. Las malas decisiones nivelaban los escasos momentos de acierto. El Bilbao Basket no era capaz de jugar a la mano como acostumbra y tenía un notable déficit reboteador, pero también había rebajado casi a la mitad su voluminoso lastre en el apartado de pérdidas. Fue recuperando ventajas mínimas con una entrada de Todorovic (63-64), dos tiros libres de Salgado (65-66) y una acción en el poste bajo de Mumbrú (74-75). Para conocer el resto rebobinen hasta el primer párrafo. El deseo pudo más en los Seeley, Pasecniks, Eriksson, Baez y compañía bajo la batuta de un Albert Oliver que hasta gris sabe un rato de este negocio. Javi Salgado da fe.

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