Hasta cuando sea, Miribilla

Mumbrú aplaude muy agradecido y emocionado a la afición de Miribilla./FOTOS IGNACIO PÉREZ
Mumbrú aplaude muy agradecido y emocionado a la afición de Miribilla. / FOTOS IGNACIO PÉREZ

Los hombres de negro, con la despedida de Mumbrú como foco, actúan en la última función de un Bilbao Basket que no sabe si tiene futuro

José Manuel Cortizas
JOSÉ MANUEL CORTIZAS

Orgullo. Un sentimiento con el que resulta mucho más placentero vivir. No te da de comer, ni te paga las facturas. Tampoco logra que impere la justicia o que desaparezcan las pesadillas a las que el género humano tiende a recurrir. Pero cómo reconforta sentirse especial, saber que hay cosas por las que merece la pena embarrarse, creer, luchar. Como el Bilbao Basket, un club con una historia maravillosa, trufada de hieles y mieles, que en su dieciocho cumpleaños, ahora que es mayor de edad va y se marchita. Tocaba despedir a un grupo que va más allá de la punta del iceberg que suponen sus jugadores y técnicos, la parte visible de la compañía. Trabajadores, colaboradores y diez mil almas que han jurado fidelidad hasta el final de los días. Descendidos, con la hoja de la guillotina resbalando de su seguro y Miribilla mostrando sus mejores galas, el ardor guerrero que a punto estuvo de obrar el milagro de que el RETAbet volviera a ganar, una quimera desde hace demasiado tiempo.

Cuando en la llegada al pabellón te reciben con un abrazo por lo que pudiera pasar, a caballo entre el temor y la esperanza, cuando las miradas que se cruzan mezclan esa sensación de haber perdido la batalla y el brillo de querer iniciar otra pese a que las heridas supuran, uno se reconoce como parte de algo único. Lo fue el cierre del ejercicio en un Bilbao Arena que tuneó la ocasión para homenajear con justicia a su gran capitán, Álex Mumbrú. Un feudo en el que durante cuarenta minutos se concentró un aura de final. El mentón bien alto por todo lo vivido y las lágrimas buscando vías de escape porque estar en esta situación de indefensión, duele.

Había que rendir el último tributo a la competición y Lakovic y su grupo lo hicieron como pudieron y como les dejó la emotividad. Porque ya había otro precedente, cuando el adiós de Raúl López desarboló al equipo. Aquel minuto 34 que echó por tierra la ventaja y el buen partido que se cocinaba en el Bilbao Arena, el del recordatorio del dorsal del mago de Vic. Esta vez se adelantó hasta el 15, denominación de origen de Mumbrú en sus elásticas desde que en 1997 le dieron la primera oportunidad en Badalona. Y rompió en lo deportivo a los hombres de negro. Tanto que encajaron un parcial de 0-11 que creció hasta un 2-19 con el que el UCAM Murcia se desmarcó de un homenaje que ni le iba ni le venía.

73 RETAbet Bilbao Basket (19+13+22+19)

Tabu (8), Todorovic (11), Tomás, Mumbrú (7) y Thomas (11) -cinco inicial-; Salgado (3), Rebic (5), Redivo (9), Hammink (8), Hervelle (5), Gladness (6) y Bentil.

82 UCAM Murcia (22+23+21+16)

Hannah (18), Oleson (15), Rojas (5), Soko (15) y Lima (4) -cinco inicial-; Kloof (5), Benite (10), Delía (10), Tumba, Alex Urtasun y Mendiola ().

Parciales
19-22, 32-45 (descanso); 54-66 y 73-82 (final).
Árbitros
Emilio Pérez Pizarro, Martín Caballero y Aranau Padrós. Sin eliminados.
Incidencias
Partido correspondiente a la trigésimo tercera y penúltima jornada de la Liga Endesa, disputado en el Bilbao Arena de Miribilla ante 8.115 espectadores, según datos oficiales.

Aunque por momentos no lo pareció con el comportamiento fuera de lugar y razón de un Sadiel Rojas que escribe su biografía con renglones torcidos allá por donde va. No es el levantino un equipo que anime a caer bien en líneas generales y es una lástima que esa sensación se reduzca a un par de nombres y apellidos del pasado y presente, amén de la barra libre que impera en la zona de sus gradas tras el banquillo visitante. Afortunadamente, en su banda figura un señor de los pies a la cabeza, Ibon Navarro, cuyo sentido común abarca más allá de la pizarra. Ya le tocó al técnico seguidor del Athletic comerse el sapo de la agresión de Shengelia a Todorovic, en su etapa baskonista, y su lidia con el feo asunto fue ejemplar. Como esta vez, evitando que los desmanes de su pupilo arrastraran a un colectivo que buscaba seguir vivo en la lucha por los play-off. Y sigue estándolo.

Aunque el partido en sí era lo de menos, Miribilla ofreció una imagen de actividad y vida modélica. Cuando su equipo se acercaba al abismo con varias desventajas de 18 puntos, apretó, se indignó con alguna decisión arbitral, conminó a todos los presentes a creer y a punto estuvo de poner la guinda con una victoria. Porque a base de casta, defensa, mejoría en el rebote y velocidad en la transición el RETAbet mutó,fue dándole tariscos al Murcia y acabó con dos posesiones para ponerse por delante (71-73 y 73-75) que en vez de consumarse fueron cercenadas por Brad Oleson.

Los decibelios por las nubes, Salgado, Hammink, Todorovic, Mumbrú y Thomas haciendo valer el coraje y hasta el físico. Pases de quarterback, asistencias bajo el aro, penetraciones soltando el lastre de la rabia. Mucho de lo que no ha sido capaz el equipo en tiempo y forma para evitar que fuera la de un 20 de mayo su última función programada. Quizá no haya más. Despedidos como héroes, con su mariscal al frente y la emoción ya desbordada para las dos de la tarde. No era un adiós a una temporada, sino a una vida. Aficionados, jugadores, técnicos, periodistas, personal entre las dos centenas de trabajadores directos necesarios para abrir el Bilbao Arena para un partido de baloncesto. Las lágrimas no son monopolio. Una matinal dominical en Miribilla. Algo que nos parecía lo más normal del mundo y que sin embargo se haya en peligro de inminente extinción.

Triste consuelo, pero quedémonos con una frase que, aunque con carga lapidaria, nos pueda animar el rostro. «¡Qué bien nos lo hemos pasado!». Hasta cuando sea, Miribilla.

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